LIENZOS DE TIEMPO

El músico norteamericano Morton Feldman (1926-1987) sugirió la frase de “lienzos de tiempo” para referirse a sus obras y es una buena imagen que tomamos prestada para mencionar otras tantas composiciones que se despliegan en el tiempo, que buscan la extensión, no por capricho sino como una propuesta estética que recuperaron algunas corrientes artísticas a mediados del s.XX. Por entonces, La Monte Young (E.E.U.U, 1936) compuso The Well-Tuned Piano (1964/87), una pieza de más de cinco horas, que combina “acordes mágicos, abiertos o de ensueño” entre otros con nubes sonoras de notas rápidas que logran desorientar al oyente. Para interpretarla, a cargo de un único pianista, era necesario preparar el piano las semanas previas con una particular afinación que el propio Young mantuvo en secreto por casi treinta años. Young mismo la estrenó y, si bien la consideró un proyecto inacabado, no volvió sobre ella.

¿Qué escuchamos cuando de una música tan prolongada se trata? ¿Qué sucede con la concentración de los músicos? ¿Qué desafíos se planteó el compositor y cómo pensó al oyente y a los intérpretes? Estas son preguntas que abordaron los artistas del pasado con los medios a su alcance y que siguen vigentes. Los recursos científicos y la tecnología actual ofrecieron la posibilidad de concretar esas ideas e incluso a veces llevar la imaginación de los compositores a límites insospechados por ellos mismos: ¿qué hubiera dicho John Cage de haber sabido que su obra Organ2/ASLSP sonaría por más de seis siglos? Algo impensado a fines de 1980 cuando la compuso.

Otro caso semejante, del artista que se adelanta a los medios, es el de la música funcional. Por el año 1917, el músico francés Erik Satie (1866-1925) concibió “una música que satisfaga las «necesidades útiles». El arte no entra en estas necesidades.” y la llamó Música de Amoblamiento; es decir, se abocó a escribir una música sin pretensión artística y para que nadie la escuche, basada en motivos melódicos breves que se repiten hasta lograr que gane el aburrimiento y se pierda la atención. La idea le sobrevino mientras almorzaba con un amigo en un restorán y reparó en el entorno sonoro de vajilla, conversaciones y movimientos; así pensó una música intrascendente para diferentes ocasiones. Comenzó a escribir las partituras para ser interpretadas en vivo: Tapiz de hierro forjado para cuando llegan los invitados y esperan en el vestíbulo, Mosaico fónico para el momento del almuerzo, En un bistró mientras se toma algo con amigos o cuando se espera en Un Salón; tratándose de Satie, no podían faltar algunos títulos más excéntricos como Revestimiento de pared en la oficina de un jefe de policía. Finalizó la obra en 1920 e intentó estrenarla en una galería de arte, pero cuando comenzaba a sonar la música las personas callaban y se disponían a escuchar con atención y esto era todo lo contrario de lo que buscaba Satie quien, enfurecido, ¡les pedía que siguieran conversando distraídos e hicieran oídos sordos! Como tanta otra música de Satie, esta obra no se encontró hasta muchos años después de fallecido, cuando en América la misma idea de musicalizar espacios comenzó a concretarla la empresa Muzak por medio de grabaciones de músicas preexistentes.

Pero si alguien realmente se ocupó de la cuestión de dormir con música fue el compositor alemán Max Richter (1966) para quien la música debe reconfortar y alejarnos de las angustias del mundo. Su obra Sleep (2015) es, según sus palabras, una "canción de cuna personal para un mundo frenético". Se trata de un largo arrullo de ocho horas especialmente compuesto para descansar. En él, Richter cumplió su propósito de alejarse “del ritual que acompaña a la música”: pidió al público asistir en pijama, llevar bolsas de campamento y los invitó a dormir. Tal propuesta es, literalmente, el permiso con el que sueñan tantos oyentes aburridos en los conciertos!


Imagen: Ocula



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