LOS APLAUDIDORES

28/10/2018

 ¿Quién no se ha sentido incómodo en un concierto por no saber cuándo aplaudir? Hacerlo en el lugar inapropiado es peor aún y sólo se amortigua con el anonimato que favorece la oscuridad de la sala. En verdad, cuándo y cómo el público puede expresar su reconocimiento al artista poco tiene que ver con una reacción espontánea sino que responde a convenciones cambiantes y no siempre muy fundadas; sí está claro que de tales aplausos, plateas llenas, vítores y demás señales de aprobación depende en cierta medida el éxito de un concierto o espectáculo.

Un sentimiento tan caro para los artistas no podía pasar desapercibido a quienes les interesa organizar eventos y sacar algún rédito de ello. Fue así que, en el mundo musical parisino de principios del 1800 se formó la primera institución de “aplaudidores” profesionales conocida como “claque” que ofrecía servicios diferenciados según se necesitara alentar al público, pedir bises, incentivar comentarios y críticas favorables, entre otros. Cada teatro tenía su propio grupo al mando de un director llamado “empresario de sucesos dramáticos”, ellos conocían al dedillo las obras porque trabajaban en los ensayos con intérpretes y directores, en los momentos previos anticipaban algunos detalles al público, la función no comenzaba hasta que no se hubieran acomodado en sus estratégicos lugares dentro de la sala y al final del concierto realizaban oportunos comentarios.

Como todo negocio, la “claque” manejaba su conveniencia y podía hacer fracasar un estreno con abucheos y pataleos, por ello no faltan en su historia acuerdos, batallas e indiferencias, sobre todo en el mundo marcadamente social de la ópera. Richard Wagner desaconsejaba el uso de “aplaudidores” a quienes culpó del fracaso del estreno francés de su ópera “Tannhäuser”; se trataba de una versión especialmente compuesta para tal evento (1861, https://youtu.be/DAutcexinBM ) que no fue del agrado de la aristocrática “claque” del Jockey Club que operaba en el Teatro de la Ópera de París. Otros compositores optaron por expresar su voluntad en la partitura, tal es caso de Gustav Mahler quien dejó indicado en su obra “Kindertotenlieder” (1904, https://youtu.be/pX3aeH_eXPs ) que la música no debía interrumpirse con aplausos o expresiones sonoras tan contrarios al carácter de este ciclo de cinco canciones para voz y orquesta. El compositor Héctor Berlioz en cambio intervenía a viva voz en los conciertos según su parecer y sin importarle el accionar de los “claqueros” presentes, bien solo o junto a su grupo de compañeros del conservatorio a quienes instruía acerca de los pasajes destacados de las obras. Particularmente fanático del compositor Christoph Gluck, Berlioz conocía de memoria sus obras por lo cual vociferaba cualquier error de interpretación: “faltan los címbalos!”, “¿por qué no tocaron los trombones?” como sucedió durante una puesta de la ópera “Iphigenia en Thauride” (https://youtu.be/zQgxWYanEck) que resultó en el enojo del público; en otra ocasión, la arenga de “el joven loco de la platea” -como se reconoce en sus memorias- logró violentar tanto a los espectadores que estos saltaron al escenario y destrozaron instrumentos mientras los músicos y el director huían.

En las funciones de orquesta y ópera, la “claque” comenzó a declinar en el s. XX cuando se impuso la escucha silenciosa en las salas, pero en el mundo del espectáculo no fue sino hasta la aparición de la versión grabada de risas y aplausos para radio y televisión que era frecuente la contratación de público y además era la forma que muchos tenían de acceder a un pase gratis o de alabarda (de alabador). Un caso célebre fue el adolescente Carlos Gardel quien aprendió de los grandes artistas del espectáculo de la calle Corrientes al integrar la “troupe de aplaudidores” de Luis “Patasanta” Gighione, conocimientos que utilizó poco después en su primera gira por el interior del país y en su primera grabación solista (https://youtu.be/kpr0OK9kzR8, 1912).

“La claque es el declarado símbolo de la inhabilidad pública de distinguir por sí mismo el valor de lo que se escucha” reconoció un escritor francés; en manos de tal grupo quedaba un cierto disciplinamiento social relacionado con la imposición del gusto y la transmisión de códigos porque, como lo expresa la “claque” en una de sus máximas: "el público de pago no inicia nunca el aplauso, por miedo al ridículo".

Imagen: Printerest. Guido Messer.

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