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ENTRE PARLOTEOS, BAILES Y GORJEOS

¿Por qué cantan los pájaros? ¿Qué transmiten en su canto? Estas son algunas de las preguntas que los ornitólogos se hacen y hasta el momento no hay certezas ni consensos; por otra parte: ¿por qué les decimos “cantos”? ¿Qué emociones nos provocan? Y así, mientras la ciencia se desvela con sus interrogantes, el mundo del arte saca provecho de las incertidumbres ya que, dejando de lado el significado preciso, escuchamos cómo sus atrayentes gorjeos se aproximan a lo que llamamos música, o mejor dicho, escuchamos en ellos alturas y patrones sonoros presentes en la música humana.

El compositor brasileño Heitor Villa-Lobos se interesó en un ave de la Amazonia cuyo canto reproduce intervalos y giros de la música de occidente, según la transcripción que llegó a sus manos realizada por un científico expedicionario. Se trata del Uirapurú o pájaro encantado considerado el dios del amor por los indios tupíes. Villa-Lobos se basó en la leyenda indígena del joven transformado en el más hermoso de los pájaros para componer su poema sinfónico tonal de 1917 e hizo también una versión para ballet.

En casi todo el mundo hay cuentos tradicionales que hablan de aves y la leyenda del pájaro de fuego, con diferentes matices, aparece en uno y otro continente; se trata de un ave mágica que habita en un bosque encantado y tanto enseñó el fuego a las tribus amazónicas como rompió fuertes maleficios en los cuentos asiáticos y eslavos. En esta historia se basó el compositor ruso Igor Stravinsky para su ballet Pájaro de Fuego de 1910, en un acto y dos escenas, con libreto y coreografía de su compatriota Michel Fokine. En escena, los bailarines representan una historia donde tienen lugar el amor, los hechizos, el maleficio, las fantasías de un bosque en la noche e incluso un árbol de manzanas de oro; todo esto coronado con un final feliz.

Para este ballet, Stravinsky se inspiró en El Gallo de Oro (1909), la última ópera de su maestro Nicolai Rimsky-Korsakov compuesta a partir de un poema de Pushkin. En su partitura detalla ocho solistas, papeles mudos y coro para personificar zares, reyes y astrólogos cuyos enredos se enmarcan en un contexto de guerras y revueltas. Estas historias se asemejaban mucho a lo que por entonces vivía el pueblo ruso, tan así que, aunque en el epílogo el personaje del mago aclara que se trata de una ficción, el gobierno la prohibió y su autor falleció antes de poder estrenarla.

En ambas obras la orquesta es numerosa y despliega un gran colorido instrumental, exotismo oriental, folklore ruso y efectos sonoros que ambientan los paisajes fantásticos y los personajes de leyenda. Además, la música contiene motivos y pasajes que caracterizan incluso a las aves en cuestión, la misma idea que el italiano Ottorino Respighi plasmó en las cinco partes de su obra para pequeña orquesta Los pájaros de 1928: Preludio, La paloma, La gallina, El ruiseñor y El cucú. Sin embargo, pocos años antes, este compositor había dado un paso audaz para la época: fue el primero en sumar sonidos grabados a la orquesta en su obra Los pinos de Roma (1924) pues, si bien nació en Bologna, era un enamorado de la “ciudad eterna” y quiso evocar con música sus pinos en diferentes momentos del día.

En síntesis, los pájaros siempre nos subyugan, sea que los escuchemos piar en los árboles, imitados por los instrumentos o grabados y les hemos atribuido funciones salvadoras en muchas historias míticas. Tampoco nos importa si yerran su rumbo y confunden las estrellas o los sembradíos pues aun así han representado nuestros ideales de paz y libertad; de esto da cuenta el poema Se equivocó la paloma (1940) del español Rafael Alberti, por entonces exiliado del régimen franquista en la Argentina. Aquí, su amigo Carlos Guastavino incluyó el poema en su Suite Argentina (1941) como letra de una canción homónima junto a Gato, Zamba y Malambo. Se trata de una melodía serena y cantabile, con resabio popular y a la vez antiguo; sobre ella fluye claramente una letra de equívocos y ternuras que se nos ha grabado en la memoria. Es tal vez la historia de un deseo imposible, tan imposible como atrapar con las manos un pájaro en vuelo.


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