AMORES NATIVOS EN LA ÓPERA

“Es la historia de un amor como no hay otro igual”

Así comienza el estribillo de un bolero de los años ’60, un género romántico popular que cantó como ningún otro los amores prohibidos, los amores eternos y la profunda pasión; pero no fue el único pues en un ámbito más académico, el formato importado de la ópera tomó desde un primer momento las historias de amor locales. Y si no eran locales, estaban representados para el público argentino, con libreto en español y con música de compositores nacionales; tal el caso de María Isabel Cucuberto Godoy quien, como tantas otras estudiantes porteñas de principios del s. XX, se había fascinado en su adolescencia con la novela Pablo y Virginia (Bernardin de Saint-Pierre, 1788) que cuenta el frustrado amor de dos nativos de la isla Mauricio bajo el dominio francés. Su ópera homónima se estrenó en el Teatro Colón 1946.

En verdad, desde este lado del mundo, nos hemos acostumbrado a pensar en la ópera como una forma del arte exclusivamente europea; sin embargo, el interés por la ópera en Argentina surgió apenas unas pocas décadas después de la independencia nacional y ya entonces le sedujo contar asuntos amorosos con personajes nativos y en escenarios sociales y políticos de nuestra historia.

A veces esos escenarios eran violentos y comprometidos y peor aún si además eran contemporáneos a la obra, tal el caso de Chaquira Lieu, la ópera más antigua que se encontró completa, de Miguel Rojas y Rafael Barreda, compositor y libretista respectivamente. En ella se cuenta una historia de amor y venganza en la que intervienen un científico, un cacique y una cautiva: está ambientada y compuesta en 1879, durante la Campaña del Desierto del Gral. J.A. Roca, en algún lugar de la pampa donde habita una tribu inventada. Hace un uso libre del lenguaje indígena y su música se ubica en la tradición operística europea como se escucha en sus marchas (Blandid la lanza y Soldados del progreso), duetti (Oh, no te alejes) y la infaltable canción de amor (Cual nace hermosa flor). Se cuenta que a Roca no le gustó el enfoque de la obra (a veces irónico y descreído) y tal vez por ello no hay información de su estreno.

En el siglo XX, las historias criollas de amor siguieron presentes en la gran dramaturgia ya con un toque más identitario gracias al uso de libretos en español con expresiones lingüísticas locales así como el uso de músicas con elementos indigenistas e incluso propios de nuestro folklore rural y urbano. Lin-Calel (1939), con música de Arnaldo D’Espósito y libreto de Víctor Mercante, es un drama lírico también ambientado en el sur y en el que vuelve a aparecer la confrontación del hombre blanco con el indígena por una mujer; se muestran personajes, rituales y creencias de las tribus patagónicas en pleno proceso de colonización.

Y saltando otro siglo hasta el presente, el compositor Oscar Strasnoy nos lleva lejos de la pampa hasta un sórdido conventillo urbano donde ubica una historia de amor y antropofagia basada en el texto de otro argentino, Copi. Cachafaz (2010), su amante travesti La Raulito y el Policía que les acecha son los únicos roles solistas en escena acompañados por el coro. El texto, en la métrica de las payadas y en un español rioplatense muy soez, nos cuenta la relación de dos personas de vidas marginales envueltos en una trama cruel. Por su parte, la música evoca la milonga y el tango, así como cita fragmentos de óperas del canon europeo, en todo momento atravesada por el humor, la ironía y la tragedia.

Afirman los especialistas que no hay una “ópera argentina” que se distinga como tal pero sí una constante producción escénica-musical de autores argentinos que, en su mayoría formados en Europa o incluso radicados allá, da cuenta de tal procedencia: la conjunción entre un particular modo de decir que nos resulta familiar y una música que reconocemos como propia de algún rincón de nuestra extensa geografía.


Imagen: Bitácora de vuelo

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