FEBO ASOMA POR AHÍ

28/08/2019

Las marchas militares y las canciones patrióticas han tenido y conservan una fuerte presencia en la vida de los argentinos pues con un territorio ganado a fuerza de batallas y revoluciones abundan los próceres a quienes homenajear y las fechas para recordar con desfiles y actos. En estas oportunidades se repite el canto colectivo del repertorio encabezado por el Himno Nacional y seguido, según la ocasión, por alguna de las músicas que forman parte de las reconocidas Canciones Patrias Argentinas, como son Saludo a la Bandera Argentina, Himno a Sarmiento, Marcha de las Malvinas… entre otras.

Ya desde los primeros años de escolarización son numerosas las canciones infantiles en donde las historias y héroes milicianos abundan. “Pasa el batallón”… un batallón grande de “Cien soldados que marchaban al compás”… entonces, aprovechando la situación, “Mambrú se fue a la guerra”… con ellos donde conoció y “se enamoró de un coronel”… o más o menos así podría armarse una historia con las letras de aquel repertorio de la primera infancia. Luego vendrán los denodados intentos de aprender sin entender las letras de las canciones patrias escolares, más por su fonética que por su semántica y surfear cualquier poesía histórica con todo éxito. Así surgieron y perduraron las enigmáticas y divertidas jitanjáforas o juegos de palabras con los que acompañar la música, elaborados principalmente con el ala del águila de Aurora: “a… zulu…nala” o “e…lalaes…paño”. Una picardía de los años siguientes era inventar una letra alternativa tan difundida como el texto original pero que gozaba de mayor éxito entre pares; no hay mejor ejemplo que la Marcha de San Lorenzo con su “punto y coma”… y la cuestión de “los zapatos de mi abuelo”… donde entraban en juego “los míos”… y el “zapatero” del barrio. Ya en la juventud vendrá el reencuentro con el Himno Nacional Argentino versionado por el rock y el pop.

Resulta innegable la preferencia nacional de la que goza la Marcha de San Lorenzo así como su fama internacional ya que es parte del repertorio militar de varios países gracias a intercambios amistosos que datan de más de un siglo. Por este motivo sus usos fueron de lo más contrastantes: del mismo modo que fuera elegida por los nazis para acompañar la invasión a París (1940), también resonó en su liberación en manos del ejército aliado (1944). En su origen era una marcha instrumental cuyo título homenajeaba la primera batalla del regimiento de granaderos a caballo en territorio nacional (1813); se estrenó en 1902 para la inauguración del Monumento al General San Martín en Santa Fe, bajo la presidencia de J. A. Roca y fue designada “Marcha Oficial del Ejército Argentino”. Recién en 1907, el maestro y poeta mendocino Carlos Javier Benielli (1878-1934) escribió el texto que hoy conocemos en el cual recupera la figura del correntino Juan Bautista Cabral (1789-1813): un soldado zambo (mestizaje de negro con indígena) que salvó de la muerte al Gral. San Martín con su vida y en reconocimiento fue ascendido al rango de sargento post mortem.

La música no posee una significación inmanente, pero tal vez los pegadizos motivos melódicos, el carácter contagiosamente festivo o el enérgico impulso rítmico sean algunas de las características que convierten esta marcha en el blanco preferido de la creatividad infantil. Por otra parte, y lejos de toda solemnidad, la letra no destaca la figura de San Martín -quien ya tiene su himno- sino que recupera el accionar de un grupo humano valeroso aliado de la gloria y la figura de un casi ignorado soldado cuyo arrojo salvó, ni más ni menos, la libertad naciente de medio continente.

Era la primera batalla de Cabral pero no la primera marcha de Cayetano A. Silva (1873-1920), un músico uruguayo, maestro de banda y compositor de esta y otras marchas como también de música para obras de teatro, mazurcas y tangos. Cabral era un “moreno” al igual que Silva, ambos hijos de esclavas negras por lo que recibieron el apellido de los patrones; Cabral luchó y murió por la independencia de un territorio esclavista y casi un siglo después a Silva se le negó sepultura en el panteón oficial por su condición de negro. Recién en 1997 se trasladaron sus restos… Más vale tarde que nunca como se titula el único tango criollo para piano de su autoría.

 

Imagen: evolutionis.com.ar

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